la iglesia ante la ley de los hombres

PLAZA PÚBLICA

Obispos Miguel Ángel Granados Chapa

Tiempos hubo en que abundaban los sacerdotes cultos, espíritus selectos de entre los cuales el Vaticano escogía a quienes formarían parte del Episcopado. Don Sergio Méndez Arceo, por ejemplo, además de ser un innovador revolucionario como obispo de Cuernavaca, fue miembro de la Academia mexicana de la historia. En la arquidiócesis primada de México don Miguel Darío Miranda y Gómez fue un promotor de la música y el arte sacro en general. Salvo que mi ignorancia y mis registros me hagan desconocer casos semejantes, no hay entre los obispos y arzobispos personas de talla similar. Al contrario, se han colado a la condición episcopal sacerdotes que, escudados en una supuesta campechanía, dan frecuente muestra de vulgaridad y estolidez. A menudo, las formas de expresión soeces y corrientes revelan personalidades de peor catadura todavía. Lo he pensado respecto del cardenal Juan Sandoval Íñiguez a propósito de su reacción ante los fallos de la Corte relacionados con el matrimonio entre personas del mismo sexo y su capacidad de adopción. Y sobre todo lo he tenido presente respecto del obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda, que la semana pasada festejó los 15 años de su diócesis, que comprende algunas de las colonias más pobres de la República. Cepeda comparó a su feligresía con el paciente al que se le aplica una lavativa, de la que ya está harto y sin embargo se le advierte que “todavía le falta un litro”. Fue su modo de explicar que todavía tendrán que soportarlo dos años más, ya que a sus 73 años le resta ese lapso para la jubilación forzosa de los prelados de su rango. No es extraño que ese pastor de almas incurra en conductas o emita dichos que distan de ser los esperables de un hombre que gobierna espiritualmente a cientos de miles de creyentes. Menos aún se condice con su posición el estar siendo sujeto de una averiguación previa en un caso que, por dondequiera que se examine avergonzaría a una Iglesia menos acomodada como la mexicana. Existe un pagaré por 130 millones de dólares, firmado por la señora Olga Azcárraga, ya fallecida, en que ella se obliga a pagar aquella enorme suma que le fue prestada por Cepeda. Se le acusa de falsificar la firma de la acreditada. Cualquiera de los dos extremos en que se puede resolver esa situación debería haber provocado un llamado del Vaticano para que el obispo se explique. Si se produjo en efecto ese préstamo, Cepeda está obligado, en su condición de hombre público que maneja recursos de una asociación religiosa, a hacer saber el origen de esa fortuna entregada en préstamo. Si no lo hubo, su responsabilidad es quizá más grave pues habría participado en la falsificación de un documento para obtener un provecho. Por su parte, el cardenal arzobispo de Guadalajara acudió a un festejo a Aguascalientes. Allí se pidió su opinión sobre decisiones de la Suprema Corte, una ya tomada el martes pasado y la otra esperada para el comienzo de esta semana. El purpurado se manifestó contrario a las resoluciones y, sin el menor asomo de caridad cristiana, que fuerza a no atacar la buena fama de una persona, expresó su convicción de que Marcelo Ebrard u “organismos internacionales” a los que no identificó, “maicearon” a los ministros de la Corte. No dijo que los sobornaron, que a eso equivale la expresión popular, sino que empleó esa forma que denigra doblemente a los imputados: los animaliza y los tilda de corruptos. Supongo que los jueces supremos pasarán por alto esta diatriba, que de tan burda no habrá de causar mella en su prestigio. Supongo que también la ignorará el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, a menos que quiera aprovecharla para ganar espacios en su actual afán de consolidarse como el posible candidato de las izquierdas. El consejo nacional contra la discriminación, en cambio, no debería soslayar otras expresiones del cardenal arzobispo, que deturpan a las parejas de homosexuales que según lo que determine la Corte estarían en posibilidad de adoptar niños. Con chabacana camaradería preguntó a los reporteros con quienes conversaba si querrían ser adoptados por “un par de lesbianas o un par de maricones”. Y luego pasó a expresar su condolencia por los “pobres niños” adoptados por un matrimonio de personas de un mismo sexo: “No es natural, claro que no. Imagínate a la pobre criatura que esté allí: ¿a quién le dice papá y a quién le dice mamá?”. Y en el colmo de la expresión morbosa, anunció sin ambages que “cuando los vea en sus prácticas, pues él también se va a pervertir, va a seguir ese camino”. Como Sandoval Íñiguez, su colega el cardenal Norberto Rivera Carrera impugnó ásperamente las decisiones de la Corte, que acreditan la constitucionalidad de la reforma al código civil que modificó la definición de matrimonio y, por derivación -al decir que se trata de la unión de dos personas, y no de un hombre y una mujer- autorizó las bodas homosexuales. Ni uno ni otro prelado se atuvieron a los términos en que la, para este efecto muy católica, Procuraduría General de la República inició la acción de inconstitucionalidad contra esa reforma. Aunque frágiles, tanto que no persuadieron a los ministros de la Corte, la postura de Arturo Chávez Chávez contenía argumentos y no sólo prejuicios, ni descalificaciones. Aunque sea dudoso el derecho de los clérigos a hacer crítica de las instituciones del país, se puede admitir que se expresen contrarios a decisiones legislativas y judiciales. No tienen derecho, en cambio, a promover desprecio u odio a los homosexuales.

Cajón de Sastre.– Aunque lo hizo a través de declaraciones uno de sus miembros, a los que se unieron sus compañeros, la Corte reaccionó frente a lo dicho por el cardenal Sandoval Íñiguez. Pienso que los jueces hubieran debido guardar silencio, porque pueden enzarzarse en una controversia en que no cesen los epítetos que conduzcan hacia abajo lo que podría ser un debate sobre el alcance de la actuación del máximo tribunal. Su honra no queda en entredicho por insultos como los proferidos por el cardenal. Y en cambio se acrecienta el riesgo de que la réplica del prelado induzca al odio, a la homofobia, que importa más que la reputación de los miembros de la Corte.

miguelangel@granadoschapa.com

Anuncios

Angela a “expensas del seductor Sarkozy”

no me tires los cannes

no me tires los cannes

 

Pobre Ángela, necesita que la apapachen más seguido, se nota que no recibe muestras de cariño muy a menudo. Y como que los alemanes son demasiado secos; cuando uno llega a la civilizada y desarrollada Alemania, ve tantas caras largas, un país un poco triste. A los germanos les hace falta un poco de savoir-faire, un buen bordeaux, un petit chocolat très noir y una copa de Dom Pérignon de vez en cuando.

 

Ay Angelita ¿hace cuánto que no pasa usted una buena noche de amor?  El Sarko no es mi hit, pero hay que reconocer que alguna gracia habrá detener, cuando tiene una mujer tan guapa y joven; habiendo ya tenido otras dos no menos guapas. Con este historial amoroso, no creo que usted Her Markel, sea precisamente el tipo de mujer que seduzca al presidente galo.

 

ELMUNDO.ES

MADRID.- ¿Qué le pasa a la canciller alemana? ¿Por qué se siente incómoda? Angela Merkel se ha quejado a la embajada alemana en París de los modos “demasiado amigables” de su homólogo galo, Nicolas Sarkozy, cuando la coge de los hombros o la besa. La galantería francesa no encaja demasiado con la rectitud germana.

 

Según el diario suizo ‘Le Matin’, Merkel detesta que la toquen y quiere que en El Elíseo se enteren. Su mano en el hombro, su palmada amistosa en la espalda, su brazo rodeándole el cuello… No lo soporta. A la alemana no le gustan las muestras de cariño del líder francés; incluso las considera una falta de educación. Y no se trata de algo personal, sino de diferencias culturales entre ambos dirigentes

.

 

“Tocarse no forma parte de la cultura alemana, y aún menos de la cultura del este de Alemania”, explica Dorothea Hahn, corresponsal en París del diario berlinés ‘Die Tageszeitung’. Además, a esto hay que añadir que Merkel es protestante, lo que supone mantener una cierta distancia entre los individuos, rigor, y austeridad tanto interior como exterior. En definitiva, las muestras físicas no son un asunto alemán.

No hay nada en común entre Angela, la puritana, y ‘Gigi Sarko’; nada que ver entre un concierto de la orquesta de Brandenburgo y el rock de Johnny; entre la blanquecina piel de la alemana y el maquillaje del galo.

 

El psiquiatra y sexólogo Willy Pasini, citando trabajos del antropólogo estadounidense Edward T., distingue cuatro “distancias” que rigen las relaciones entre las personas en Occidente, de la más estrecha a la más distante. Angela Merkel, en sus relaciones laborales, prefiere mantenerse en la distancia, y sólo admite el protocolario apretón de manos. Para ella, algo más próximo es inconcebible.

 

Por su parte, Nicolas Sarkozy prefiere las relaciones más cercanas, algo más común entre los países mediterráneos. “Nosotros, los alemanes, -repite Hahn- preferimos un apretón de manos y una intensa mirada, mientras que los franceses son más partidarios de los besitos“.

 

Y es que el mandatario galo ya ha demostrado en más de una ocasión el ‘cariño’ que siente por la germana. Si digo que amo a Angela Merkel, por ejemplo, quiero decir que he aprendido mucho de ella y de su experiencia”, bromeó Sarkozy hace unos meses en la entrega del premio Carlomagno a la líder alemana.

 

En aquella ocasión, Sarkozy fue mucho más allá al referirse a algunos titulares de prensa sobre la supuesta “relación de amor” que existe entre Merkel y al asegurar al esposo de la canciller, el catedrático de Química Joachim Sauer, presente en la sala, que “no se lo crea”.

 

http://www.elmundo.es/elmundo/2008/10/21/internacional/1224569677.html?a=34f8cdf2f6e560fe79d7e85567a926c3&t=1224574743

Intentando vivir sin máscaras

El hombre invisible se fabricaba máscaras. Las tenía de todas expresiones: amor, celos, orgullo, dudas, dolor. Antes de salir a la calle las ensayaba frente al espejo. Con la máscara de poder se sentía capaz de dirigir multitudes, con la máscara de seducción pondría las mujeres a sus pies… Queriendo aparentar el mayor número de matices acumuló novecientas noventa y nueve caretas…”

Alejandro Jodorowsky El tesoro de la sombra

Que hay un Dark Side of the Moon ya lo dijeron Pink Floyd… y los astrónomos; que nosotros también tengamos nuestro lado oscuro, el cual mantenemos a resguardo de las miradas ajenas, no me causa mayor problema aceptarlo. A mi lo que me preocupa es que con la mayor naturalidad pretendamos ir por ahí portando distintas caretas, acordes a la ocasión. Creo que si algo debemos buscar, aunque nos cueste (y vaya que cuesta), es ser como realmente somos, defender nuestra identidad, esa que nos permite diferenciarnos de los demás, la única que tenemos. Si bien es cierto que nunca somos los mismos, que a cada paso estamos cambiando, mutando; tampoco creo que esto signifique estar siempre como arriba del escenario, actuando, aparentando, simulando permanentemente, como si nuestra vida fuese en verdad un eterno baile de máscaras.

Con sus más y sus menos todos nos hemos forjado una coraza, algunas más espesas que otras, algunas hasta con doble blindado, es cierto; una coraza de seguridad. Con ella buscamos resguardar nuestro corazón, esconder nuestros miedos, deseos, inseguridades, disimular nuestros sentimientos; para que no nos lastimen, para que no vean nuestra vulnerabilidad. Puede que hacia el exterior ese caparazón funcione bien, no creo que perennemente, pero igual y si. El problema es que la coraza no puede protegernos de nosotros mismos, uno pude mostrarse con los demás seguro, impenetrable, pero en el fondo sabe que se trata solo de eso, de una apariencia.

Pienso en esto porque hoy recibí una carta de alguien que hace mucho se fue de mi vida; nos alejamos; ese alguien creía -como el Hombre invisible de Jodorowsky-, que en la vida deben portarse distintas caretas en un mismo día. Su carta no es hermosa, ni romántica; no obstante, sus palabras me hicieron mucho bien.


Hubo un tiempo en que él decía que yo era demasiado sentimental (aún recuerdo su expresión de pena ajena en casa de uno de sus amigos, mientras yo lloraba con el final de “Un mundo perfecto”; ahora me acuerdo y me da risa, en aquel momento, me dolió); le era difícil aceptar que fuera, según él, demasiado expresiva, pues nada ganaba con decir siempre lo que pensaba, debía aprender a disimular. Algo raro ¿no? normalmente los hombres piden sinceridad y él quería que yo simulara, que aparentara estar encantada cuando no lo estaba; que mostrara siempre la faz adecuada en la circunstancia adecuada, como si viviésemos eternamente en un baile de máscaras.

Cuando ya todo iba hacia ninguna parte dijo que la única responsable del alejamiento era yo, pues por mi necedad me negué a escucharlo; dijo que quien debía rectificar y dar vuelta en “u” era yo. Y aunque todo se acabó, durante un tiempo casi me creí que la intransigente en esa historia había sido yo; cierto sentimiento de culpa me rondó y me llegué a reprochar por no querer reintentarlo, pensando que quizá él podría tener razón, y que yo era una inmadura. Luego ese sentimiento se quedó por ahí medio oculto, pero latente. Sin embargo, hoy al leer su misiva (sorprendente que después de tanto tiempo me haya escrito) ya no tuve ninguna duda: actué bien, conforme a mis sentimientos; no había ya nada que hacer; necedad habría sido aparentar que todo estaba bien y dar vuelta en el retorno, cuando hacía mucho que íbamos por carriles separados y en sentido contrario. Yo no podría fingir una dicha que no sentía, ni cargar sola una responsabilidad compartida. Hacerlo habría significado un sacrificio tonto, un engaño para él y para mi misma.

Hoy, su carta repite, palabras más palabras menos, aquellos reproches de ayer; es una misiva en la que descarga su resentimiento e incredulidad porque la sentimental y chillona de la historia dijo ya no más; resentimiento, porque tanto tiempo después no ha perdonado que yo no quisiera dar vuelta en reversa; resentimiento y no amor, había en esa misiva; orgullo herido y hasta sarcasmo. Pero me hizo tanto bien; a veces uno se tarda en saldar cuentas con uno mismo; hoy he saldado una; cuando algo ya no va, es absurdo pretender lo contrario, es absurdo mantenerlo prendido con alfileres pues en algún momento habrá una pequeña sacudida y todo se vendrá abajo y entonces será mucho más difícil y doloroso enfrentarlo.

Vivir sin máscaras, sin ninguna, ese será mi principal propósito de año nuevo… bueno tampoco exagero, algo de rimel en las pestañas y labial en la boca, si que habrá… y perfume también.