grecia en crisis

El aire clásico está en crisis. Por Juan Villoro

Escribo estas líneas en la isla de Naxos, en vísperas de las Olimpíadas de Londres. En 2004, los juegos regresaron a su lugar de origen, Atenas. Lo que no ha regresado son los mármoles del Partenón. Inglaterra celebra el espíritu de lo que no ha devuelto.

El mundo se une para el deporte entendido como negocio (Niké, diosa griega de la victoria, se ha convertido en una marca de artículos deportivos). Cada cuatro años, las Olimpíadas son un pretexto para hablar de paz, pero la política encuentra el modo de ensuciarlas. La Olimpíada de Munich padeció un atentado terrorista, la de Moscú fue saboteada por Estados Unidos y la de Los Ángeles por la Unión Soviética.

Grecia, país que dio nombre y cultura a un continente, juzgó que los Juegos Olímpicos de 2004 eran una oportunidad para recuperar los mármoles que Lord Elgin llevó a Inglaterra en 1804. El tema parecía resuelto desde 1982, cuando la UNESCO aprobó la petición de Melina Mercouri de que las esculturas del Partenón volvieran a Atenas. De manera emblemática, aquella conferencia se celebró en México, que algo sabe de expolios. Pero el mundo se organiza mejor para el negocio que para la equidad: la FIFA tiene más agremiados que la ONU (y le hacen caso). La resolución de la UNESCO no ha sido acatada por Gran Bretaña.

El tema enfrenta criterios irreconciliables. El British Museum argumenta que Lord Elgin, embajador inglés ante el imperio otomano, salvó piezas que de otro modo se habrían perdido.

La Acrópolis estableció un resistente canon de belleza. En forma paralela, la asombrosa invención del arquitecto Fidias despertó ánimos de destrucción. Nada más atractivo para un bárbaro o un fanático que mancillar aquello que lo supera. El Partenón fue transformado en iglesia bizantina, iglesia latina y mezquita musulmana. En 1687, bajo el dominio turco, fue depósito de pólvora y estalló por los aires. Agraviada como arquitectura, la Acrópolis se perfeccionó como ruina.

El British Museum argumenta que Elgin salvó los mármoles. Según Melina Mercouri, el más dañino expolio de la Acrópolis fue precisamente el que practicó el embajador inglés.

Los dioses griegos no llegaron a Londres como celebridades. De 1804 a 1816 estuvieron en el jardín de Elgin, expuestos a humedades que provocan reumatismo hasta a los inmortales. La demora se debió que el museo no aceptaba el precio fijado por el embajador. Los traficantes no son altruistas.

La conservación tampoco ha sido impecable. En los años treinta las piezas fueron sometidas a una limpieza salvaje. Aunque la entrada al British Museum es gratuita, eso no convierte al saqueo en una causa noble. La estatura de Elgin disminuye en comparación con la del arqueólogo alemán Heinrich Schliemann, descubridor de Troya. Después de abrir la tumba de Agamenón, Schliemann escribió al gobierno griego: “Como mi único interés es el amor a la ciencia, entrego a ustedes estas piezas para que enriquezcan el legado de su pueblo”.

El gobierno británico desoyó la propuesta de la UNESCO de 1982, pero Grecia no ha perdido la esperanza de recuperar su patrimonio. Los Juegos Olímpicos de 2004 eran una buena oportunidad para relanzar el tema, entre otras cosas, porque el Partenón pertenece al espíritu olímpico. Cada cuatro años la procesión de atletas pasaba por ahí.

Con la complicidad del sistema financiero mundial, Grecia se endeudó para construir instalaciones deportivas. Como es usual, no faltaron los escándalos locales. En su novela Suicidio perfecto, Petros Márkaris narra el tráfico de influencias y las estafas perpetradas a la sombra de los Juegos Olímpicos.

El fuego de los héroes volvió a Grecia. Ocho años después el país es estrangulado por la banca europea. Cada dos o tres meses, Angela Merkel regaña a los griegos por incumplimiento. La ilusión de una Europa unida ha dado lugar a una Europa desigual.

Viajé a Grecia en compañía de unos amigos catalanes. Ayer se les descompuso el aire acondicionado y el recepcionista del hotel les dijo: “¡Grecia en crisis, España en crisis, aire en crisis!”.

Las playas de Naxos no dejan de llenarse de turistas. Bruñidos por el sol, ocupan por unos días el territorio de Aquiles, el héroe que no usaba bloqueador.

Mientras tanto, en el British Museum, los dioses prosiguen su coloquio. Zeus, Júpiter y Poseidón se preguntan si volverán a casa. Durante los juegos de Londres, el espíritu de Grecia arderá en el pebetero. Mientras tanto, el aire griego está en crisis. El país que creó la sátira, la comedia y la tragedia se apresta a vivir todos estos géneros.

A propósito de la presión que los países ricos ejercen sobre Grecia, Günter Grass escribió el poema “La vergüenza de Europa”. Ahí dice:

“País condenado a ser pobre/ cuya riqueza adorna cuidados museos”, y concluye: “Sin ese país te marchitarás, Europa, privada del espíritu que un día te concibió”.

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Publicado el viernes 27 de julio de 2012

http://www.criteriohidalgo.com/notas.asp?id=106843

¿cuándo nos convertimos en este país?

¿Qué país es éste, Agripina?, por Cristina Rivera Garza

2010-03-23 •

“La pregunta que funciona como título de este texto proviene, claro está, de ese maravilloso cuento de Juan Rulfo intitulado “Luvina”. Recordarán los que lo hayan leído que Agripina es la esposa del ex maestro rural que, bebiendo cerveza tras cerveza, le narra a otro hombre, otro posible visitante de Luvina, cómo perdió su vida y sus ilusiones cuando vivió allá, en ese pueblo triste y pedregoso, ubicado sobre la Cuesta de la Piedra Cruda, donde las ráfagas continuas de un viento negro no dejaban ni siquiera crecer a las dulcamaras “esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos a los despeñaderos de los montes”.

Según el hombre que cuenta su historia en Luvina, y para quien contarla es una especie de “baño de alcanfor” para su cabeza, un buen día se encontró en ese lugar junto con su familia: “Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento…Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos”.

Es justo ahí, preso sin duda de la extrañeza, acaso prefigurando de una buena vez su porvenir y el nuestro, que el hombre le pregunta a su mujer:

“—¿En qué país estamos, Agripina?”

Y es ahí, en esa Plaza —una palabra que viene del latin plattea y que alguna vez quiso decir, en efecto, “lugar ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles”, pero que ahora bien sabemos que significa otra cosa bastante distinta —que ella le da su escueta, muda, monumental, respuesta:

“Y ella se alzó de hombros.”

Soy parte de una generación que nació justo después del así llamado milagro mexicano y que creció, eso sí de puro milagro, en las décadas subsecuentes: años de crisis y descaro, corrupción rampante y deterioro. A mí todavía me tocó, por ejemplo, la devaluación que llevó al peso de 12.50 por dólar, a su doble: 25. Y me tocaron todas las otras también, hasta llegar a una irrisoria suma que incluía más ceros de los que puedo recordar ahora. Me tocó asistir de pura casualidad al concierto que daba un raro personaje en los patios de mi universidad frente un número reducidísimo de estudiantes para quienes “no tengo tiempo de cambiar mi vida/ la máquina me ha vuelto una sombra borrosa” no sólo tenía todo el sentido del mundo sino que era, además, algo incontestable. Me tocó, en todas las acepciones del término, el temblor del 85 justo en la Ciudad de México. Supe, con la rabia y la frustración del caso, de las represiones selectivas del salinismo, como sigo al tanto de las muertes de periodistas y activistas sociales en fechas más recientes. Como muchos a mediados de los 80, emigré al norte porque para una graduada de la UNAM, y para colmo en la carrera de sociología, las esperanzas de vida en un país comprometido con los principios del neoliberalismo no eran muchas. La violencia de nuestra historia contemporánea, quiero decir, nunca me ha sido ajena. Pocas veces durante todos esos años, sin embargo, se me ocurrió repetir la pregunta que le hace el ex maestro rural a Agripina, su esposa, apenas un momento después de verse abandonado en Luvina.

Pero los años pasan (como suelen anotar los narradores) y la realidad que, siendo como ha sido siempre, voraz e injusta, se me ha vuelto cada vez más extraña. Frente a la muerte impune de los 41 niños de la guardería ABC me siento, en efecto, como en esa plaza rodeada de ráfagas negras. Desde ahí repito la pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”. Frente a la muerte impune de estudiantes en Ciudad Juárez y, más recientemente, en Monterrey, la misma pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”. Frente a una guerra espuria que organizó un Presidente para quien su legitimidad política ha sido más importante que el bienestar y la protección de la población civil, la misma pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”.

En el cuento de Rulfo, Agripina se alza de hombros no una, sino dos veces. La segunda después de salir de una iglesia en la que había entrado nada más para rezar. Luego, poco a poco, todavía entre tragos de cerveza, el ex maestro rural va describiendo Luvina: es un lugar triste, eso ya lo sabemos, donde viven apenas “los puros viejos y los que todavía no han nacido”, “mujeres sin fuerza, casi trabadas de tan flacas”, “mujeres solas, o con un marido que anda donde solo Dios sabe”, y los muertos, por supuesto, nuestros muertos. Más tarde, ya casi a punto de empezar con el mezcal, el hombre se acuerda de la única vez en que vio la sonrisa de los habitantes de Luvina. Fue cuando les sugirió que buscaran un sitio mejor y les dijo, además, que el gobierno los ayudaría. Lejos de alzarse de hombros, y mostrando, de hecho, “sus dientes molenques” a través de una risa que se antoja torva, le contestaron:

“—También nosotros lo conocemos [al gobierno]. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno”.

La frase da para mucho, en efecto. Da para tanto. Pero heme aquí, en el centro de otra plaza donde todo se vuelve remolino e intemperie. Aquí. No escribo como analista política porque no lo soy. Escribo desde más adentro. Escribo como lo que alcanzo a ser a veces: una escritora. “¿Qué país es éste, Agripina?”, me preguntas desde tan lejos. Es el país en el que nos convertimos, Juan. Acaso por callar. Acaso por no escuchar las voces de los otros. Acaso por cerrar los ojos.”

http://origin-www.milenio.com/cdb/doc/impreso/8739370

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Calderón perdió a Mario Arturo Acosta Chaparro, su “narconegociador”.

Por Jorge Carrasco Araizaga.

Conocedor de los secretos más oscuros de los aparatos de Estado priistas y panistas e insistentemente señalado como colaborador del crimen organizado, el general en retiro Mario Arturo Acosta Chaparro fue ejecutado la tarde del viernes 20, en pleno fragor de las campañas presidenciales. Prácticamente toda su vida estuvo al servicio de un sistema que, ya fuera en su constitución priista o panista, necesitó siempre de sus habilidades sórdidas. Muchas facturas debía; se las cobraron… El gobierno de Felipe Calderón ha perdido a su narconegociador fallido…

“Héroe” para el Ejército, asesino y torturador para sus víctimas, el general brigadier retirado Mario Arturo Acosta Chaparro Escapite, de 70 años, fue ejecutado el viernes 20 en la populosa colonia Anáhuac de la Ciudad de México mientras servía al gobierno de Felipe Calderón bajo la cobertura de consultor de seguridad.

“Estaba trabajando”, investigando varios asuntos por encargo de su amigo el secretario de la Defensa Nacional, general Guillermo Galván Galván, quien lo mantenía como operador para asuntos de narcotráfico, grupos subversivos y “casos especiales de seguridad”, dijeron a Proceso fuentes cercanas al militar asesinado.

Se había reincorporado a ese trabajo a finales de 2010 después de que fue objeto de un atentado el 18 de mayo de ese año cuando empezaba a investigar la desaparición de Diego Fernández de Cevallos, secuestrado poco antes.

Luego de medio año de convalecencia y depresión por lo que consideró un abandono del gobierno de Calderón, el militar se reincorporó a su empresa de seguridad y a sus actividades de “asesoría” al secretario de la Defensa.

Asociado con uno de los hijos del general Jesús Gutiérrez Rebollo –quien fue procesado por su presunta protección al Cártel de Juárez, cargo por el cual el propio Acosta Chaparro también fue encausado judicialmente–, el corpulento general en retiro, originario de Chihuahua, murió la tarde del viernes 20 cuando era traslado al hospital de la Cruz Roja de Polanco.

Un individuo que se le acercó le disparó en tres ocasiones cuando se encontraba frente a un taller automotriz en el número 194 de la calle Lago Trasimeno esquina con Lago Como, en la colonia Anáhuac, cerca de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

El procurador general de Justicia del Distrito Federal, Jesús Rodríguez Almeida, informó que alrededor de las 18:15 horas Acosta Chaparro llegó al taller Servicio Europeo en compañía de una persona, para recoger un automóvil.

Viajaban en una camioneta Ford Explorer azul marino, placas 275-UKB. “Cuando conversaba con una persona se acercó un sujeto y a corta distancia le disparó. Corrió por la calle Como y se subió a una motocicleta en la que lo esperaba un cómplice y huyeron”, dijo el procurador.

El Ministerio Público del Distrito Federal integró la averiguación previa FMH/MH-1/T2/140/12-04 por el delito de homicidio. El arma utilizada fue una pistola calibre .9 milímetros.

La Cruz Roja Mexicana, que le dio los primeros auxilios, informó que durante el traslado al Hospital Central de esa institución el general “falleció debido a las heridas que le ocasionaron tres disparos de arma de fuego en la cabeza”.

El aviso. El 19 de mayo de 2010 su fortaleza física lo salvó de la muerte tras sufrir un atentado en calles de la colonia Roma. En esa ocasión un hombre armado se le acercó y le disparó en el abdomen. Herido, Acosta Chaparro alcanzó a subirse a su coche para recibir auxilio. Tardó casi medio año en recuperarse y volver a sus actividades.

Acostumbrado a operar en la clandestinidad, el militar se negó a colaborar con la procuraduría del Distrito Federal para ahondar en la investigación de ese atentado. “Estuvo en el Hospital Militar. Primero nos dijeron que estaba delicado. Posteriormente, cuando mejoró su salud y se le buscó, nos dijo que no le interesaba seguir con el caso y no declaró (ante el Ministerio Público). Por eso la averiguación previa se mandó al archivo”, reveló el procurador capitalino.

Fue emblema de la Guerra Sucia en México, como uno de los jefes de la temida Brigada Blanca, la organización paramilitar que operó en los años setenta y ochenta del siglo pasado a fin de erradicar a los grupos guerrilleros. Su compañero en ese cuerpo integrado por miembros de instituciones militares y policiales, Miguel Nazar Haro, falleció en enero pasado, a los 84 años.

Apenas en septiembre pasado asistió a los funerales de Javier García Morales, también muerto en una ejecución en Guadalajara y acusado como él de haber sido protector del jefe del Cártel de Juárez, Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos.

Acosta Chaparro tenía una estrecha relación con García Morales pues fue ayudante de su abuelo, el secretario de la Defensa en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, el general Marcelino García Barragán, y asistente de su padre, Javier García Paniagua cuando éste encabezaba la Dirección Federal de Seguridad (DFS), el organismo de seguridad del régimen priista.

Hombre del sistema, se le recuerda como uno de los principales represores de la guerrilla en los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo. Su actividad continuó en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cuando fue integrado a la Coordinación de Seguridad Nacional a cargo de Arsenio Farell Cubillas, ya fallecido. En la administración de Ernesto Zedillo se le vinculó con la matanza de 17 campesinos en el vado de Aguas Blancas, municipio de Coyuca de Benítez, Guerrero, el 28 de junio de 1995.

Valor de la amistad. El brigadier fue reivindicado por su compañero de generación (1959-1962) en el Heroico Colegio Militar, el general Galván Galván, con quien negoció su regreso a las operaciones clandestinas al amparo gubernamental y el pago por los haberes que le fueron retenidos durante los casi siete años que permaneció en la prisión castrense acusado de narcotráfico. “Fue una suma sustanciosa”, dijeron a Proceso personas que conocieron detalles de esa negociación.

Al poco tiempo de la designación del general Galván como titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, Acosta Chaparro fue exonerado del cargo de narcotráfico del que estaba acusado por supuestamente haber servido a Amado Carrillo. El 30 de agosto de 2000, al final del gobierno de Ernesto Zedillo, el militar había sido detenido junto con el general Francisco Quirós Hermosillo y enjuiciado por un Consejo de Guerra.

Ambos fueron sentenciados a 30 años de prisión y tras una apelación se les redujo la pena a 15 años. Quirós murió en noviembre de 2006 sin que terminara su proceso penal, por lo que técnicamente no quedó firme la acusación en su contra.

Acosta Chaparro salió de la cárcel en junio de 2007 luego de que la Procuraduría General de la República (PGR) y la Procuraduría de Justicia Militar “no pudieron acreditar” su nexos con Carrillo Fuentes, oficialmente fallecido en 1997 durante una cirugía plástica.

Cuando abandonó la prisión del Campo Militar Número 1 vestía su uniforme de general brigadier con todo y condecoraciones.

Años atrás, durante el gobierno de Vicente Fox, libró las acusaciones que le hacían por la desaparición forzada de 143 personas en Guerrero durante la Guerra Sucia de los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo (Proceso 1282 y 1356).

Además del delito de tortura, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado lo acusó de haber participado en los “vuelos de la muerte”, que consistían en arrojar al mar desde aeronaves a campesinos acusados de formar parte de la guerrilla.

Exonerado de los cargos de graves violaciones a los derechos humanos y de narcotráfico, el 23 de abril de 2008 Galván encabezó una ceremonia para darle trato de héroe.

En el Campo Militar Número 1, donde estuvo preso, la Sedena organizó una ceremonia privada para enaltecer “la labor de 23 militares y condecorarlos por su condición de retiro”. Trece de ellos fueron generales que sirvieron más de 45 años en el Ejército. Entre ellos estaba Mario Arturo Acosta Chaparro.

La Sedena dio a conocer en un en un comunicado que se trató de “un selecto grupo de generales que son fiel testimonio de una vida de patriotismo, lealtad, abnegación, dedicación y espíritu de servicio a México y sus instituciones”.

Identificado con el régimen autoritario del PRI, el controvertido militar también sirvió al gobierno de Felipe Calderón como contacto con jefes de distintos cárteles del narcotráfico a fin de negociar la entrega de supuestos delincuentes (Proceso 1768) o para que aminoraran la violencia desatada desde el inicio del actual gobierno (Proceso 1779). Una de sus primeras acciones clandestinas durante el gobierno calderonista fueron los contactos con La Familia Michoacana para negociar la entrega de tres personas acusadas de los granadazos en Morelia el 15 de septiembre de 2008.

La misma noche del atentado –el primero cometido por la delincuencia organizada en México contra la población civil, que dejó un saldo de ocho muertos y más de 100 heridos– el militar retirado viajó a Michoacán en su condición de asesor del general Galván y con la anuencia del entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, muerto dos meses después en un accidente aéreo.

Según supo este semanario, Acosta Chaparro acudió a Morelia en compañía de un sujeto de apellido Estrella, excomandante de la DFS, para encontrarse con los líderes de La Familia Michoacana, con quienes pactó la entrega de tres personas acusadas de ser integrantes de Los Zetas.

En esa ocasión el militar estuvo acompañado del titular de la Unidad Especializada en Investigación de Terrorismo, Acopio y Tráfico de Armas de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), Ricardo Cabrera Gutiérrez.

Fiel a su estilo clandestino, Acosta Chaparro realizó esa operación en un viejo avión de transporte sin asientos y con una ruta que cambió de última hora.

Las investigaciones ministeriales confirman que cuando fueron por los supuestos responsables, los pilotos del avión de la PGR identificaron que además del piloto y el copiloto, en el aparato iban Cabrera Gutiérrez y otra persona a la que no conocían, pero que no trataron de identificar por tratarse de “información reservada por ser de seguridad nacional”.

Con los supuestos responsables detenidos, Acosta Chaparro reportó a Mouriño: “Señor, objetivo cumplido”. Días después la SIEDO informó que la captura de “los responsables” se debió a “una llamada anónima”.

Juego de traiciones. Este no fue el único servicio de Acosta Chaparro para hacer contactos informales del gobierno de Calderón con jefes del narcotráfico. “El general construyó puentes entre el gobierno y varias organizaciones delictivas, incluidos Los Zetas y el Cártel de Sinaloa.

Fuentes cercanas al militar dijeron a Proceso que después de ese primer contacto, el experto en operaciones encubiertas se reunió entre 2008 y 2009 con los jefes de La Familia Michoacana, de Los Zetas, de la organización de los hermanos Beltrán Leyva y de los cárteles de Juárez y de Sinaloa.

De todos esos encuentros tuvo conocimiento el secretario de la Defensa Nacional. Después de la entrega de los supuestos responsables del atentado en Morelia, el general Galván le preguntó a Acosta Chaparro sobre la recompensa de 10 millones de pesos que había ofrecido la PGR. “No me dieron ni las gracias”, le contestó el militar retirado,

Poco después, a principios de octubre de 2008, Acosta Chaparro fue a buscar a Los Zetas cuando este grupo aún formaba parte del Cártel del Golfo.

Acosta Chaparro se encontró en Matamoros con Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca, y Miguel Ángel Treviño, Z-40, con quienes habló sobre una eventual tregua con el gobierno federal. “Te viene a ver un general del Ejército. No puede venir de parte de nadie más que del presidente”, refieren los informantes que dijo el general.

La aceptación se condicionó a que el gobierno de Calderón no actuara contra los familiares de los miembros de esa organización delictiva. El militar se volvió a reunir con los jefes de Los Zetas a principios de 2009. Para entonces esa organización junto con el Cártel del Golfo controlaba 22 estados.

Según la información que conoció Proceso, fue el propio Lazca quien puso a Acosta Chaparro en contacto con Arturo Beltrán Leyva, El Barbas. El encuentro tuvo lugar en un lugar ubicado entre Cuernavaca y Acapulco. Entre los asistentes estuvo Édgar Valdez Villarreal, La Barbie.

La petición del enviado fue la misma: que bajaran la intensidad de los hechos violentos en su área de influencia, sobre todo en Morelos y Guerrero. En diciembre de 2009 infantes de Marina ejecutaron a El Barbas, en Cuernavaca.

El siguiente encuentro del general retirado fue con Vicente Carrillo, jefe del Cártel de Juárez, organización delictiva a la que se le vinculó en 2000.

La información proporcionada a Proceso indica que la última gestión de Acosta Chaparro fue ante Joaquín El Chapo Guzmán, jefe del Cártel de Sinaloa. Galván le propuso que se pusiera un GPS, un chip localizador. “No, Memo, yo soy negociador, no traidor”, le dijo el general retirado. Con ese dispositivo el Ejército pretendía localizar a El Chapo, dijeron las fuentes.

En el encuentro con Guzmán Loera, según reseñó la periodista Anabel Hernández en su libro Los señores del narco (Proceso 1778), El Chapo le contó al brigadier cómo recibió ayuda para fugarse del penal de Puente Grande y cómo “el propio Mouriño y su entonces coordinador de asesores en la Segob, el actual senador Ulises Ramírez Núñez, le vendieron a los Beltrán Leyva la plaza del Estado de México en 10 millones de dólares”, a pesar de que la entidad ya estaba comprometida con el Cártel de Sinaloa.

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*Tomado de la revista Proceso. http://www.proceso.com.mx/?p=305088